Libertad Pura.

Yo tampoco sé como vivir… Solo estoy improvisando


― Quiero decirte algo―dijo Juan.

Su amigo Antonio que estaba a escasos metros, mirando los últimos destellos del sol sobre el mar, caminó hacia él, se sentó sobre la arena y le dijo: ― ¿qué es lo que quieres decirme?

― Cierra tus ojos, ―le ordenó Juan.

Antonio se recostó sobre la arena y cerró sus ojos sin protestar.

― Imagina que estás al borde de un peñasco, sobre una pequeña montaña, sumergido en una profunda tranquilidad, respirando aire fresco, sintiendo como el viento juega con tu cabello mientras observas las pequeñas cabañas que bordean el lago, que está justo debajo de ti.

― ¿Me sigues? ―preguntó Juan.

― ¡Sí!, te sigo. ―respondió Antonio.

― Ok, ¿Dónde estaba? ―Oh si, estábamos en el risco―recordó.

― De pronto mientras aprecias el panorama, te salta un impulso de adrenalina, algo que interrumpe esa tranquilidad y te hace querer saltar, pero al mismo tiempo te acobardas, porque tienes miedo de las consecuencias, es decir ¿qué pasa si algo sale mal y te haces daño? 

Ambos permanecieron en silencio por un momento, escuchando el sonido de las olas.

― Por un momento te olvidas de la idea e inicias a alejarte del peñasco con una ligera sensación de controversia en tu interior, sin embargo al cabo de un par de minutos, te detienespierdes el raciocinio, volteas e inicias a correr hacia el risco, cada vez con mayor rapidez y de pronto… Esperó unos segundos antes de continuar para generar un poco de drama.

― ¡Saltas!―gritó Juan. ―Te dejas llevar por el impulso.

Antonio se sobresaltó un poco.

― Justo en el momento que empiezas a sentir ese extraño vacío en tu estómago al caer, tu raciocinio vuelve e inmediatamente piensas que estás jodido y el miedo vuelve a atacar. Pero ahora no hay marcha atrás, tienes que ir tras ello, porque si dudas de ti mismo caerás mal, te harás daño, y todo lo que has hecho habrá sido para nada.

Juan que también estaba tendido sobre la arena volvió a sentarse y continuó ―por lo tanto te preparastomas aire, cierras tus ojos y solamente confías en que todo saldrá bien. Unos segundos más tarde caes en el agua, sientes como su frescura recorre todo tu cuerpo, y te das cuenta que has tenido éxito, al mismo tiempo que tu pecho se llena de una sensación regocijante e inexplicable.

― ¿Sabes cómo se llama esa sensación? preguntó Juan, mientras le miraba.

― ¡No! ―Respondió Antonio, luego de pensarlo un instante.

¡Libertad pura!


Daniel Rodríguez Abarca.

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